Las pegatinas – por Rafael Moreno


Eran las 8 de la mañana. El día había amanecido amable en aquel mes de julio de 1980. Para un joven alumno de secundaria no se trataba en aquellas circunstancias de un día corriente. Era el gran viaje de mi hasta entonces corta y casi infantil vida y que representaría ya con toda seguridad una gran experiencia, nunca vivida antes y tal y, como demostró el futuro, no vuelta a vivir de aquella manera.

Aun sigo sintiendo un cosquilleo especial tal y como lo viví en aquel asiento de autocar, una sensación de inquietud, temor, ansiedad y de esperanza de que todo saliera bien para, sin perder un segundo, almacenar todo lo vivido con absoluto detalle en la descripción para poder contarlo a los conocidos y que, a falta de una cinta de vídeo -ni siquiera una miserable foto-, fuera capaz de trasladar con mi relato lo que las imágenes jamas testificarían.

Había gente deambulando de un lugar a otro en esa ciudad llamada Berlín. Siempre me había fascinado la geografía pero nunca imaginé una ciudad tan plana, interminable, merecedora de una mejor posición en el ránking de grandes ciudades de Europa, quizá por culpa de aquel maldito muro y de quienes admitieron construirlo y mantenerlo. En el fondo creo que todos querían un muro, una separación entre los mundos. Uno sería siempre el ‘bueno’ para los ‘suyos’.

A pesar de mis reflexiones quinceañeras, hasta entonces sólo había disfrutado de un Berlín afable, dinámico y diferente al resto de la aburrida República Federal. Ya fui advertido de que los berlineses eran gente más parecida a la del sur de Europa. Tampoco llegué a constatar que tal extremo fuese radicalmente cierto, pero en cambio había una apertura más pronunciada en sus habitantes. Se mantenían, eso sí, muchos de los denominadores comunes de los teutones: silencio y respeto en los autobuses, metro, etc. La irrupción en un autobús de un grupo de españoles como nosotros resultaba atronadora y provocaba más de una mirada con desdén.

Mi nerviosismo seguía en ascenso. La ventaja de estar en las primeras filas del autocar es que se puede disponer de una mejor panorámica de lo que hay por delante. Sin embargo, cuando se ha de pasar un control como los que existían en la frontera entre la República Federal Alemana y la República Democrática Alemana, las cosas eran distintas. De hecho era la primera frontera por carretera que cruzaba en mi vida. Ni siquiera había ido más allá de Ayamonte, ni de Ceuta. Claro que para muchos estar en Portugal o en Marruecos es como no ir al extranjero. El verdadero extranjero siempre está al norte.

Nos dijeron que primero subirían al autocar unos guardias de frontera del lado por el cual cuzábamos, que era el británico. A esos no había que tenerlos miedo. Cumplían unas formalidades protocolarias de revisado de papeleo general y poco más. El problema lo representaba la guardía de frontera del otro lado. En realidad era una versión de la Stasi que todo lo controlaba. La Stasi era en sí mismo la Alemania del Este, y la la Alemania Oriental era la Stasi. Se dice que más de la mitad de la población pertenecía o colaboraba activamente con la policía secreta.

Permanecíamos callados siguiendo las instrucciones de nuestros guías y acompañantes españoles y miembros de la Embajada española. Gracias a ella y al Ministero de Cultura nos encontrábamos allí 40 chicos y chicas españoles que habíamos tenido el acierto de estudiar alemán como segunda lengua extranjera, algo que hace casi treinta años parece que solo estaba al alcance de algunos locos valientes.

Cada día entraban al Este un cupo reducido de personas autorizadas. Delante de aquel Checkpoint se arremolinaban varios coches y autocares. Al parecer nosotros tuvimos suerte pues se limitaron a pasar los preceptivos espejos con ruedas en los bajos del autocar. A otros grupos, en cambio, se les conminaba a bajar del vehículo y a ser cacheados con detenimiento. Siempre buscaban lo mismo y en realidad era cualquier cosa: droga, armas y lo más llamativo, propaganda del régimen capitalista o anticomunista.

Llegó el momento de más angustia: los guardias del Este subieron al autocar. Pasaban detenidamente junto a cada grupo de asientos, nos miraban a cada uno fijamente. No tardaron en pedirnos documentación, la cartera y nos preguntaban si llevábamos propaganda. También indagaban otros datos absurdos. Cuando pensaba que habían acabado, uno de los guardias se detuvo ante mí, en la primera fila de asientos del autocar y con gesto serio e inmesericorde me preguntó por mi edad. Tenía tanto pavor en aquellos segundos interminables que hasta era incapaz de recordar cuántos años tenía y solventé el corto interrogatorio con el primer número que se me pasó por mi cabeza, temeroso de que un excesivo retraso en mi respuesta despertase en aquel centurión del Telón de Acero una sospecha que entorpeciese el discurrir del viaje. “Diecisiete años, Señor”, fue mi contestación. Siendo español y con una altura de 1,90 metros no era de extrañar que para aquel guardia yo era un sujeto sospechoso que no se ajustaba a los cánones de mozarón español de la época. Miró fijamente a la representante de la Embajada española, quien le convenció de que mi pasaporte y visado especial eran válidos y reglamentarios, confirmando que, en realidad, tenía un año menos y que me había equivocado en mi apresurada pronunciación.

Pasado el mal trago, pudimos adentrarnos en la frontera. Todo era lento, parsimonioso en los trámites fronterizos.

Hasta entonces sólo se podia haber apreciado el muro como tal, es decir, una pared de unos tres metros de alto. Lo que se encontraba al otro lado es como si estuviera vedado al resto del mundo. Apenas se adivinaban unas alambradas, unos puestos y torretas de vigilancia y los edificios que habían quedado seccionados por el cuchillo caprichoso del Este.

Muchas veces se asocia el muro a la división de la ciudad de Berlín. Así era, estrictamente, pero, para ser exactos, había algo más: un Berlín, al que se denominaba Occidental, que era en realidad una isla dentro de otro país, un país que nunca existió -como titula Alonso Alvarez de Toledo su libro de vivencias experimentadas en la RDA-, frente al Oriental, que correspondía a la zona soviética. Ésta representaba, aproximadamente, la mitad de la ciudad de aquel momento, quizá algo más.

Todo el Berlín Occidental estaba rodeado de alambradas, muros, fronteras, soldados, tanques y todo tipo de armas dispuestas a escupir bombas y metralla. La mejor manera de llegar a esta isla en mitad de la tierra era el avión. Era el puente para pasar de la República Federal Alemana a la República Federal Alemana, eludiendo la República Democrática Alemana, puente que tuvo su origen en la posguerra para apoyo aliado y primera reconstrucción del Berlín asolado.

-¿Estabas muy nervioso, eh?-, me preguntó la funcionaria de la embajada española, con cierto aire de superioridad, tras abandonar los guardias el autocar. Le di un no por respuesta, en evidente engaño. Nadie espera encontrase de frente con esta situación y pensar ni siquiera por un momento las consecuencias a las que hubiera dado lugar.

Las instrucciones que teníamos eran claras y concisas: teníamos cuatro horas de estancia en la zona soviética. Ni un minuto más. En ese tiempo comprimido se realizabn dos visitas a pie guiadas. El resto era un recorrido presuntamente turístico por la ciudad sin paradas ni bajadas del autocar. Nada de fotos.

Nunca olvidaré la primera impresión que tuve al cruzar al otro lado. Recuerdo las palabras que mentalmente pronunciaba y que hoy, tantos años transcurridos, me siguen pareciendo válidas para describir lo que veía y aun mantengo en mi retina. Era como si la guerra hubiera acabado unos pocos días atrás. Todo era sucio, gris, negro, sin vida. No existían los peatones, como si las gente no tuviera derecho a caminar por las calles.

El asfalto de las calles estaba agrietado, apenas circulaban algunos coches viejos y destartalados, muchos de ellos los conocidos Trebant. Los autobuses públicos eran miserables y sorprendía que pudieran ser conducidos. Años más tarde comprobé que esto era habitual también en otros países del ámbito soviético que visité antes de que el Este de Europa dejase de representar algo más que una mera localización geográfica en el mapa.

Los edificios carecían de alma. La comparación inmediata con lo vivido en el Berlín Occidental nos asaltaba con la sensación de que viajabamos en el tiempo hacia una época en la que ni siquiera habíamos nacido la inmensa mayoría que componía el grupo.

-¡No me lo puedo creer!- ¡Las paredes tienes agujeros!- exclamábamos casi al unísono. Permanecía presente y viva la huella de la metralla y de los golpes de los cascotes en las fachadas de las casas tal y como debieron quedar tras la guerra. Incluso se apreciaban ruinas y edificios medio derrumbados como si hubieran queado allí, testigos de que el paso de los años no modificó su aspecto, como si se hubieran olvidado de ellos. Ventanas rotas, paredes caídas, hierbas crecientes y descontroladas entre las que se adivinaban puertas de entrada. Siempre lo mismo.

Nunca había visto nada semejante y la impresión de aquellas imágenes se agarra todavía a mi memoria. No había tiendas como las entendemos tradicionalmente, sin publicidad, logotipos, marcas comerciales ni ningún signo distintivo que atrayera la atención a los clientes. Todo era igual y homogéneo, semejantemente deleznable.

Tras recorrer lentamente las avenidas de la ciudad, llegamos al fin a la primera parada prevista: El Treptower Park, un parque y cementerio a la vez realizado por los soviéticos como tributo a sus caídos en la II Guerra Mundial.

-¡A las 10:15 en el autocar!- insistía una y otra vez la encargada del grupo. Nos estaba prohibido hablar con el conductor del autocar. Eran las normas, como también lo eran la puntualidad extrema, no ya por una cuestión de orden y respeto, sino porque las entradas y salidas del Berlín Oriental estaba estructamente reguladas.

Lo más impresionante de contemplar en el Treptower Park era una colosal estatua del Soldado Libertador Soviético, visible a cientos de metros de distancia, y que coronaba unos jardines a modo de parque donde, obviamente, no había peatones, sólo los integrantes del grupo de estudiantes españoles. También me llamaba la atención que todo estaba escrito en caracteres cirílicos, lo que le impregnaba de un halo de leyenda lejana sólo alcanzable hasta entonces por mi en los libros de texto y enciclopedias.

Los rusos tradicionales siempre hablaban de la Gran Madre Rusia. Su convulsa y apasionante Historia siempre ha estado repleta de enormes cambios y aconteceres, a la medida del tamaño del país, como recoge en su gran novela Rusos el británico Edward Rutherford.

Tenía la sensación en aquel lugar de estar vigilado, que en cualquier momento alguien se dirigiría a alguno de nosotros recriminando nuestras voces o nuestro aspecto. En realidad, he de decir que nuestro comportamiento fue ejemplar, en buena parte como fruto de nuestra sensación de miedo a lo desconocido y por las continuas advertencias de nuestros guías y responsables a no separarse del grupo. Por circunstancias que ignoro, los españoles nos comportamos en general de manera desconocidamente educada y formal cuando viajamos fuera del país en comparación con nuestra vida cotidiana interna.

A las 10:15 estábamos todos de vuelta y tras el conteo de rigor y necesario, emprendimos de nuevo la marcha. Media hora más tarde nos encontrábamos ya ante la segunda visita del recorrido: la conocida como la Isla de los Museos. Los soviéticos se habían reservado la parte más cultural de la ciudad, al menos desde el punto de vista artístico. Pasamos junto a la Antigua Biblioteca Real, magnífico edificio si bien devastado en parte por la contienda bélica. Visitamos el Museo de Pergamon y el Altes Museum, donde se encontraba el busto de Nefirtiti, una joya de la Antiguedad.

Nunca se demostró que Nefiertiti fuese una mujer estraordinariamnete bella. Si los rasgos del busto allí representado son mínimamante fieles a la realidad, lo que destaca es su aire enigmático y de poder, un porte de autoridad situado por encima del resto de mortales y que le otorgaba rango de diosa. De repente pensé que la historia se había encargado de regalarnos varios casos similares y, emulando lo misterioso y legendario, vino a mi mente el retrato de La Gioconda, otra mujer.

A mi breve edad no había visitado muchos museos pero no alcanzaba a comprender entonces cómo algo que se generó en en Antiguo Egipto había llegado a parar al Centro de Europa. Igual acaecía con restos de la antigua Grecia y Roma. Si los museos de los países donde se originaron tales restos contaran con todos ellos -que ahoran se encuentran dispersos, dependiendo del colonizador- serían de tamaño descomunal mientras que el resto del mundo carecería de museos, más allá de los de cera.

De vuelta al autocar, nos aprestábamos a vivir los últimos minutos en nuestra corta estancia en la RDA. No había souvenirs que comprar, ni nadie que los ofreciera. Por aquel entonces se llevaban los pins y las pegatinas. Nunca me gustaron demasiado los pines. Siempre preferí las pegatinas. Las encontraba mágicas porque representaban una manera rápida y barata de sustituir una realidad. Simplemente pegándolas encima de otra cosa, lo anterior desaparecía y quedaba como nuevo resultado lo que mostraba la flamante pegatina. Así, se pegan encima de libros, cuadernos, se pueden adherir casi a cualquier objeto. A veces nadie advierte que están ahí. Pero están. Además cuentan con otra ventaja: se pueden despegar -aunque en ocasiones a costa de llevarse por delante parte de la superficie a la que se adherían-. Incluso se puede pegar una encima de otra ya existente siempre que tape bien cualquier rastro de la anterior, no sea altere el dibujo o la figura de la nueva. No quedaría apropiado.

-¿Te has parado a pensar lo que representa esta visita?-, me preguntaba con reiteración Javier, un compañero de viaje. Para ser fiel a la verdad, pienso que, verdaderamente, se lo preguntaba a él mismo. No esperaba que le respondiera. Mientras trataba de calibrar cómo debía ser mi repuesta, nos asaltó una micrófono chillón de nuestra Relaciones Públicas de la Embajada adviertiéndonos que nos dispníamos a cruzar de nuevo el Checkpoint, pero en sentido contrario al que habíamos tomado cuatro horas antes, respetando con puntualidad prusiana el mandato internacional para estos casos.

Los trámites burocráticos fueron esta vez más rápidos. En el sentido hacia la República Federal Alemana, el riesgo no consistía en pasar propaganda ni drogas. Ni siquiera comida o bebidas. Lo que buscaban aquellos guardias de la Stasi eran personas, camufladas por cualquier medio. Podría ser uno más en el autocar, o quizá viajar en el maletero del mismo o en los bajos. De nuevo los espejos hicieron acto de presencia y al subir al vehículos los guardias escrutaban meticulosamente a todos y cada uno de nosotros esperando encontrar alguna cara distinta o nueva a las reflejadas por nuestros pasaportes y que revelase un intento de evasión.

Nada encontraron porque nada podía encontrase. Finalmente pasamos el control Oriental. El autocar siguió lentamente desplazándose, cruzando la llamada tierra de nadie sin pretender llamar la atención, pero que en ese momento interminable uno siente cómo es el centro de atención de todos. Me recuerda a la tragicómica película de Tanis Tanovic que tenía ese mismo título: Tierra de nadie. Me atraía ese nombre. Formaba parte del glosario de términos fronterizos que estaba aprendiendo a marchas forzadas, en un curso acelerado. Me cuestionaba por qué se denominaría tierra de nadie. Creo que en la frontera en Berlín entre las dos Alemanias aprendí su verdadero significado, sin que nadie me lo explicase. Bastaron unos minutos para entenderlo. Ninguna palabra.

La tensión generada al pasar por la mañana la frontera me impidió contemplar con detalle cuáles eran los componentes del espacio fronterizo. El tiempo se atrancaba en el reloj y el trayecto se hizo largo.

El caminar lentamente azaroso del autocar me permitió descubrir en unos segundos que existía allí mismo como otro país, un pais lleno de nadie, repleto de nada, salvo unas alambradas, unas zanjas que se contruyeron para evitar que los vehículos intentaran chocar contra el muro, derruirlo y pasar al otro lado y unas minas enterradas, además de las consabidas torretas con focos luminosos y soldados vigilantes fuertemente armados. Efectivamente: nada.

Se conocían muchas historias, generalmente ciertas, sobre los intentos de evasión hacia la República Federal Alemana. Muchos cayeron. Fueron más lo que pensaron en huir y no pudieron. Se excavaron túneles, se atravesaron las alambradas, se emplearon camiones como arietes contra el muro, se escondieron en los maleteros de los coches… Me seguirá impresionando de por vida cómo utilizaban en los cementerios las tumbas para excavar y atravesar la frontera.

Volvimos al fin a entrar en el Berlín Occidental. Paramos a tomar un refresco en una zona turística cercana al muro. Junto a un expendedor de bebidas frías, un pequeño mostrador parecía atendido por una enorme y seria señora alemana. A sus espaldas apenas se apreciaban unos pequeños estantes con variadas pegatinas para los turistas. Le indiqué que quería comprar una donde se apreciaba el muro dibujado con una torreta de vigilancia. Unos pocos pfennigs me costó. La guardé en mi cartera como un recuerdo que no encontré en la propia RDA. Acabaría pegada encima de algún libro o carpeta, eliminando de la vista lo que tras ella se ocultara.

-¿Has comprado algo?- me preguntaba ansioso de nuevo mi amigo Javier que había adquirido unas cuantas postales donde se vislumbraba el muro.
-Sólo compré una pegatina-, le respondí.
-¿Y dónde la vas a pegar?-, insistió.
-No lo sé, ya se me ocurrirá algún sitio-.

Nunca llegué a pegar aquella pegatina. Debí perderla.

Córdoba, noviembre de 2009

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