Se murió un pucelano


Miguel Delibes me enseñó a escribir. Nunca fui un amante de la literatura pero sí un defensor de nuestro idioma, aglutinador de tantas historias diferentes.

Ante tanta bazofia como hoy día se puede leer y escuchar, hueca de ideas y llena de artificios, Delibes escribía con un lenguaje directo, sencillo y rotundo.

Era defensor de su tierra, Valladolid, esa ciudad que ya desde pequeño me atraía sin haber estado aun en ella escudriñando la geografía del país y buscando semejanzas con mi ciudad del sur que sólo yo era capaz de encontrar.

Era la Pucela del Campo Graande, de las Plazas Mayor y de Zorrila, del Museo de Escultura, la de los patos y la playa del Pisuerga, la de los Pingüinos moteros, la de la niebla y del frío de invierno, la del buen vino, la de las gentes serias, adustas, sobrias, pero fieles y amigas.

Pero Delibes no sólo era Valladolid. También aprendí en él a conocer Castilla. Me enseñó Ávila y sus Cuatro Postes, mirador de la Muralla y de los momentos de amor compartidos para siempre. Me enseñó que el Camino de la vida es intenso, duro, pero merecedor de ser vivido, aunque sea demasiado largo, como el propio Delibes escribía, para llegar todos al fin a un camposanto rodeado de cipreses de alargadas sombras.

Delibes se nos fue, pero al menos podré decir siempre que con él compartí dos cosas: enfermedad y el amor por la tierra castellana.

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